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Yo no sabía que no sabía

Tenía 18 o quizás 19 años cuando que empecé a trabajar en programación, años atrás (como a mis 15 años) ya había escrito un par de primeras líneas de código para proyectos personales a los que nunca les di importancia (gran error, hoy los valoraría como oro), en ese momento me admiraba de mí misma que aprendía con demasiada pasión y rápidamente las cosas de forma autónoma.

Tenía muchas limitaciones técnicas en ese momento, tampoco tenía un mentor, veía webinars de expertos por momentos, no tenía amigos o conocidos que estuvieran haciendo lo mismo, realmente estaba sola con lo que podía medio entender de internet y mi imaginación para lograr las cosas.

Un amigo de la familia estaba necesitando a alguien para desarrollo web en una pequeña empresa de la ciudad, yo había estado trabajando un tiempo como secretaria, registrando productos de inventario en excel y otras labores lejos del código, sin embargo decidí ofrecerme a trabajar en desarrollo web, en ese momento yo no sabía que no sabía, había aprendido Java, los inicios de Python y estaba jugando con la recién lanzada primera versión de Android Studio de 2013, pensaba que el HTML que sabía era suficiente por jugar en un Dreamweaver pirata portable de por allá en el 2005.

Para ese año estaba Bootstrap arrancando a toda máquina pero no lo entendía del todo, PHP se convirtió en mi tabla de salvación y me enamoré, lo aprendí con la misma pasión y entrega que todo lo demás pero se convirtió en mi número uno, logré tomarle mucha confianza y fui cada vez mejorándolo más haciendo proyectos sólo por diversión.

Luego la agarré con Jquery, lo mezclé con Bootstrap (no tenía ni idea de CSS, pero tampoco sabía que no lo sabía) y empecé a construir todo lo que se me presentaba en mi mente y en mi trabajo siempre hacía todo al doble de lo que se me pidiera, me sentía confiada de mí misma y de mi capacidad de aprender y escalar rápidamente por mis propios medios.

Pasaron los años en los que hice cosas que el primer día jamás me pude imaginar: proyectos chicos, otros más grandes, sistemas enteros yo sola, páginas web, gestores de contenidos, bases de datos, hasta aprendí a usar Photoshop para hacer mis propios iconos y diseñar un tema completo para una nueva propuesta de diseño web cada año.

Empecé a volar, encontré una oportunidad laboral que cuadruplicaba mis ingresos de todos esos años de aprendizaje y me fui de la pequeña ciudad a una un poquito más grande, pero lejos, donde todo era diferente y estaba sola pero confiada en mis superpoderes que nunca nadie se atrevió a desmentir.

El primer trimestre en mi nuevo trabajo fue un constante “descubrir cosas” que nuevamente no sabía que no sabía, me frustré muchísimo en muchas ocasiones porque cada vez era más lo que me faltaba aprender que lo que ya sabía, pero no dejé de confiar en que podía hacerlo (tampoco disminuí lo que ya sabía) y empecé nuevamente a toda máquina a enfrentar un sin número de retos de los cuales salieron 4 grandes proyectos de alto impacto, fueron años haciendo aplicaciones con Jquery, Angular, Laravel, Ionic, probé Polymer, Ember y otra larga lista de librerías para frontend de esa época.

Ahí ya tenía un mentor, pero era un mentor muy especial, alguien que no temía darme feedback directo, que no me secaba las lágrimas y no estaba ahí para ponerme un colchón por si caía, lloré mucho hasta que entendí que yo confiaba tanto en mí, que él confiaba aún más y nunca me subestimó ni me tuvo lástima cuando cometí errores, tampoco se burló, tampoco me los reparó, siempre me decía “arréglalo” y de alguna manera yo siempre encontraba la solución. Lo máximo que me logró dar fue un link a Google para que yo misma encontrara mis propias respuestas.

Ese tiempo cómodo acabó y pasé a una ciudad mucho más grande, fría y feroz, sin clemencia y demasiado competitiva, sin saberlo llegué un ambiente lleno de ego y la carrera por quien haga más y figure más en un afán constante de demostrar quién era más “grande”. Fue un cambio muy duro, yo seguía por ahí en las orillas haciendo lo mío modestamente, nunca había estado en medio de tanto fuego cruzado y me sentía muy asustada.

Perdí mi confianza, el miedo fue más grande y ya no volví a hablar sobre mí de la misma forma, tampoco me volví a ver igual en el espejo, sentí que todos esos años que había pasado habían sido una ilusión sobrevalorada de mis capacidades, estaba totalmente desarmada como si de un día para otro hubiese olvidado absolutamente todo lo que creía dominar.

Muchas de esas balas me cruzaron por el pecho y por la espalda, me dejé llevar en silencio por “no estar a la altura” y no “dar la talla” en medio de todos esos “grandes” programadores. Ahí empezó mi síndrome del impostor.

Mis inicios en la programación sin secretos, me aventé sin saber que no sabía hasta que aprendí.